Escrito por Redacción
20 de septiembre de 2026 | 12:33 hrs.
Elecciones en Guerrero confirman la triste realidad de la política regional: no hay absolutamente nada nuevo en las entrañas de Morena. El anunciado acuerdo de unidad sellado entre Beatriz Mojica Morga y el senador Félix Salgado Macedonio no es más que una calculada e inaceptable escenografía mediática diseñada para enmascarar un proceso interno que nació profundamente trucado y dirigido desde sus cúpulas de poder. La pretensión de presentar la coordinación estatal del movimiento como una renovación democrática colapsa ante la evidencia de los hechos. Rumbo a la contienda estatal, las cartas estaban echadas de antemano para favorecer un pacto de complicidades donde la senadora Mojica, históricamente cercana al cacicazgo de Salgado Macedonio, asume el papel de figura frontal mientras la familia Salgado mantiene el control absoluto y real del poder político en la entidad.
El simular una contienda abierta para estos comicios constituye un engaño abierto a la ciudadanía que exige un cambio verdadero frente a la ingobernabilidad, la violencia y la falta de oportunidades que devoran a la entidad. El encuentro público donde se prometió sumar liderazgos no representa un gesto de madurez o responsabilidad partidista, sino la ratificación de que las decisiones trascendentales sobre las elecciones en Guerrero no se toman en las urnas mediante la consulta libre ni a través de encuestas verdaderamente transparentes, sino en las mesas de negociación donde se reparten cuotas de influencia entre los mismos grupos de siempre.
La ilusión de la democracia y el control de la dinastía Salgado
El diseño de la contienda interna hacia las elecciones en Guerrero demuestra que la estructura de Morena opera bajo las mismas prácticas corporativas y de sometimiento que durante décadas criticó en la oposición. La designación de Beatriz Mojica como coordinadora estatal —paso previo a la candidatura oficial— no responde en absoluto a una ruptura democrática con el pasado, sino a una calculada estrategia de continuidad política tutelada. Detrás del discurso institucional que promueve la reconciliación para las elecciones en Guerrero, la presencia dominante de Félix Salgado Macedonio garantiza que el clan familiar siga ejerciendo el mando gubernamental tras bambalinas, perpetuando el esquema de poder que ha marcado la actual administración estatal.
Esta alianza entre Mojica y Salgado Macedonio para encarar la contienda expone la subordinación de las aspiraciones militantes a los intereses de un solo grupo político. La cercanía entre ambos actores demuestra que no existe una alternativa real de proyecto ni un cuestionamiento a los deficientes resultados en materia de seguridad y desarrollo social que arrastra el estado. Para las elecciones en Guerrero, la alta cúpula de la dirigencia morenista ha preferido garantizar de forma pragmática el pacto de impunidad y el continuismo caciquil antes que permitir la emergencia de liderazgos independientes sin compromisos de cúpula.
La inconformidad interna y las fisuras de un acuerdo forzado
A pesar del despliegue propagandístico que busca pintar un panorama de armonía rumbo a las elecciones en Guerrero, la realidad al interior del partido está fracturada. Las acusaciones de favoritismo, el descontento de las bases en municipios clave como Acapulco y el rechazo de sectores que denuncian abiertamente que el proceso estuvo trucado desde un inicio evidencian las profundas grietas de un acuerdo forzado desde arriba.
Quienes confiaron en que las elecciones en Guerrero servirían para democratizar al movimiento y desarticular las dinámicas de dominación personalista se enfrentan hoy a la amarga constatación de que las candidaturas continúan entregándose por lealtades grupales. La figura de Beatriz Mojica, presentada como la cara amable del acuerdo de unidad interna, no logra ocultar que su viabilidad política depende del aval directo de Salgado Macedonio, convirtiendo a su eventual proyecto de gobierno en un apéndice de la estructura familiar que maneja el estado.
El costo social de la simulación política
El deprimente espectáculo de la falsa unidad ante las elecciones en Guerrero ocurre en medio de un contexto de profunda emergencia social y comunitaria, donde la delincuencia organizada impone su ley en múltiples regiones y la economía local se encuentra paralizada. Que la prioridad máxima de la clase gobernante sea blindar la continuidad de un grupo político hegemónico mediante opacos acuerdos cupulares confirma el desprecio absoluto por las necesidades más apremiantes de la golpeada población guerrerense.
Rumbo a las elecciones en Guerrero, la ciudadanía queda acorralada entre la continuidad de un modelo caciquil disfrazado de transformación y la falta de opciones con verdadera independencia. La gastada promesa de un cambio radical queda reducida a un mero e insustancial lema publicitario de campaña cuando los mismos nombres del pasado y las mismas estructuras heredadas aseguran su permanencia en los presupuestos públicos sin rendir cuentas por el evidente desastre institucional y social que dejan a su paso.
Conclusión: Un proceso viciado que consolida el cacicazgo
Las maniobras desplegadas de cara a las elecciones en Guerrero confirman que en Morena prevaleció el cálculo pragmático sobre los principios democráticos. El apretón de manos entre Beatriz Mojica y Félix Salgado Macedonio no representa un triunfo de la unidad, sino la consolidación de un proceso manipulado para asegurar que el poder real siga perteneciendo a la misma dinastía. De cara a las elecciones en Guerrero, la farsa de la renovación ha quedado al descubierto: las caras en la boleta pueden cambiar, pero las hilos del control político continúan firmemente sujetos por las mismas manos de siempre, condenando a la entidad a más de lo mismo.
